La mayoría de las inmersiones empiezan bajando por un cabo desde una boya de fondeo sobre el arrecife, hasta una cresta que casi todas las referencias sitúan a unos 6 metros, aunque una guía la pone entre 8 y 10. La parte alta desciende suavemente hasta unos 12 metros y después el borde cae por debajo de los 30. Los pargos de raya azul se colocan de cara a la corriente, una tortuga residente pasta en el coral, y los nudibranquios, los gusanos planos y algún pez rana compensan una mirada lenta sobre la cresta. Pasado el borde, el pináculo está rodeado de cuevas y voladizos, y la gran cueva de la cara norte concentra la mayor parte de la vida. En una roca grande de la cara sur hay un pasaje de un metro de ancho a 24 metros de profundidad.
Los tiburones de punta blanca se posan en el lado de la corriente, y entre ellos y los grises suelen sumar una docena o más. Un operador habla de decenas de puntas blancas dando vueltas al arrecife. Los atunes dientes de perro y las grandes barracudas se mantienen sobre el azul, y las rayas águila pasan de cuando en cuando.
Con unos 80 metros de ancho, el thila se puede rodear en una inmersión si la corriente acompaña, aunque es habitual pasar toda la inmersión en una sola cara. Con poca corriente se vuelve al cabo de fondeo. Si la corriente lo deja fuera de alcance, la inmersión termina en una deriva suave.
Al caer la noche, la cresta se convierte en el escenario. Llegan fusileros a miles para alimentarse, los tiburones de punta blanca rondan sin parar el arrecife para cazarlos y los jureles atacan en ráfagas cortas. Rayas y morenas patrullan, y las caras más tranquilas ofrecen peces loro dentro de su capullo de mucosidad, pulpos y, con suerte, una bailarina española. Un cronista de viajes cuenta que los de punta blanca aprovechan los haces de las linternas para encontrar peces dormidos.